La persona humana tiene cuatro pasiones principales: alegría, dolor, esperanza y temor. La alegría no sólo es una virtud sino que podemos tomarla como una terrible pasión; y los desbarajustes que acontecen en la existencia del hombre se cometen por culpa de una alegría mal entendida. En palabras de Manzoni, "lo importante no es estar bien, sino hacer el bien; así acabaríamos por estar mucho mejor". Decía Mauriac que "es necesario restituir a los jóvenes el gusto de la felicidad", y esta tarea es cada día más urgente. Para ir no detrás de los señuelos falaces sino tras una felicidad verdadera, hemos de situarnos delante del Crucificado (me gustaron mucho unas consideraciones del congreso romano Potencia de Dios y salvación del hombre, sobre la Cruz, en 1985).

"La alegría es el secreto gigantesco del cristiano", decía Max Anselmi, una alegría no hecha de risas huecas y alcohol (evasión). "Es necesario restituir a los jóvenes el gusto de la felicidad" (Mauriac). ¿No será verdad que Cristo es quien hace posible nuestra alegría, la cual es un patrimonio de los cristianos?

Quizá tenemos clara esta experiencia: ante la alegría verdadera, todas las demás son sustitutivas, vagas, y nos despistan, no llenan (son "secundarias" que se revelan como ilusiones falaces). Este último sorbo del segundo milenio ha de ser una espera renovada, un adviento activo: cuando se ve al verdadero Cristo, estalla la alegría. No hay bastante con los consejos, es necesario el arrodillarse