Cuando estamos "sin hacer pie" en el mar de nuestra vida, desencantados e inseguros, no quedamos en la estacada pues en aquella contrariedad intuimos que hay algo, tenemos una experiencia que puede llegar a ser un cierto conocimiento vago por lo menos, algo aunque sea confuso, de que la vida nuestra está siendo sostenida, por Alguien que nos ama. Esto hace que por encima de la soledad esté la compañía, el descubrimiento de Dios en lo interior, "Dios es más interior a mí que lo más íntimo mío" (S. Agustín), y ese encuentro es siempre fecundo y es un tipo de comunicación único que desvanece toda soledad como la niebla con el sol. En el camino de la soledad a la comunión se pasa por un descubrimiento de la interioridad, cierta voz interior, y los que optan por la trascendencia oyen el eco de esa voz que lleva a zambullirse en la interioridad más íntima.